Carta a mi abuela Josefina – 23 mayo 2020
Querida Abuelita Jose:
Ayer me enteré de tu muerte.
Aunque lo cierto es que, para mí, ya tenias varios años sin vivir, atrapada por una cama de la que un día decidiste ya no levantarte. La ultima vez que nos vimos, no pudiste reconocerme, no te culpo. Yo misma no me reconozco.
Viviste una vida difícil… en un México distinto… te tocarón las épocas de hambre, las de muchos hijos, las de pocas elecciones, las de un solo camino. Las de la mujer en casa criando hijos, las de represiones y silencios… las épocas de lagrimas mudas que se escondían en un pañuelo bordado.
Quiero pensar que la razón por la que tú y yo nunca congeniamos es porque en el fondo, somos muy parecidas… un choque de trenes.
Mis primos están compartiendo historias de recuerdos dulces, donde les preparabas sopas favoritas, o arrullabas con angelitos gorditos o flaquitos… yo estoy luchando un poco por escarbar en mi mente los buenos recuerdos.
Los primeros que me vinieron a la mente fueron los de jugar en tu maquina de coser… no te gustaba mucho verme ahí… Luego los de nuestras discusiones acaloradas sobre religión… y como olvidar cuando llegue a mi confirmación, de la cual serías mi madrina, con el cabello teñido de morado.
De alguna manera, fue como si me empeñara en no ser tu nieta favorita. Sabía cuales eran los botones que aumentaban tu enojo y los apretaba como chamaca jugando a las maquinitas con el dinero de las tortillas.
De los últimos años, puedo decir muy poco, pero lo poco creo que vale mucho más que los anteriores… me enteré por tu boca de un par de secretos que te tenías escondidos… si tan solo me los hubieras contado antes, tal vez nuestra relación hubiera sido muy distinta…
Con esos secretos descubrí, que la razón por la que tú y yo nos repelábamos es porque somos iguales. Como dos magnetos negativos… nuestras fuerzas nos hacían ir hacia atrás.
Fuiste una madre de carácter fuerte, pero sobreviviste a la muerte de dos hijas y un marido, sin caerte… sostenida de una fe inquebrantable que de una u otra forma defendiste contra el mundo. Tenías la batuta de la familia, y no dejaste que jamás nadie te dijera como vivir o hacer tu vida. Era a tu manera o no era.
De ternuras conmigo, solo las sentía cuando te despedías de mi con “la bendición”. Esa que me hacía sentir superpoderes… no sé, era como si me la diera el papa o algo así… tu espiritualidad, aunque muy diferente a la mía, siempre me pareció extraordinaria.
Te recuerdo dura, recta, inquebrantable. Colocando a tus deberes con Dios siempre en primer lugar… y creo que ese era mi botón que tu apachurrabas… Yo tenía el concepto de que los abuelos lo dejan todo por estar con sus nietos. Tú no eras así… eso me dolía, pero cuando me atreví a decírtelo, me devolviste las palabras de una manera tan fina y educada, que no me quedo de otra que lamerme las heridas e inclinarme ante ti.
No pudiste ir a mi boda, pero conociste a mi primer hijo… me dijiste que te recordaba a ti de niña, y me contaste historias de tu infancia… a veces cuando trata de hacer las cosas a su modo, te veo a ti… y me veo a mí.
Tiempo después en una de mis ultimas visitas no recordaste mi nombre, ni quien era… no lo acepte, pero eso me dolió. De ahí que decidí no volver a visitarte… ¿para qué? Si no sabrías quien era… no te lleve a conocer a mi segundo hijo… simplemente no lo intente.
Te pido perdón por eso… por no intentarlo. Por no tragarme mi orgullo y bajar la cabeza… te pido perdón por querer que fueras de otra manera, pero no cambiar la mía… te pido perdón y te diría que lo compondré en nuestra próxima vida juntas, pero me regañarías porque tú no creías en la reencarnación.
No te lloré abuela… y en honor a ti, no soltaré ni una lagrima. Porque uno de los recuerdos más poderosos que tengo de ti, es verte integra en el funeral de mi abuelo, y que cuando te pregunté porque no estabas triste, me dijiste con esa mirada fuerte como un rayo “Porque soy mujer de fe, y él ya está con Dios”. Pummm!!! Así de fácil, desarmabas cualquiera de mis argumentos… una frase acompañada de tu mirada y se acababa cualquier discusión.
A mi manera necia y altiva, también soy mujer de fe abuela…te sorprendería saber a que nivel… por eso sé que hoy estas mejor que nunca. Por que te imagino perfecto diciéndole a Dios, “A mi no me mata cualquier virus casquivano… yo me muero hoy, en mi cama, en mi casa y dormida sin ningún dolor” … así como los santos.
Escribí esta carta más para mi que para ti… pero no me cayó el veinte de porque estaba tan sentida contigo, hasta que hoy mi marido me puso un espejo enfrente…
Perdóname abuela por no regresar por más secretos… porque tal vez no entendí que esa era tu manera de decirme “ven y conóceme antes de que sea tarde”. Perdón por no luchar más por acercarnos. Pero te prometo, que cuando te encuentre en el cielo, no volveré a cometer el mismo error.
Te quiere, tu nieta la menos favorita.